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  • Por Carlos Ravelo Galindo

    Yo bendigo tu nombre

    Yo bendigo tu nombre


    ARDE NOTRE DAME

    una sentencia de Nostradamus


    Por: Carlos Ravelo Galindo


    Abril 17, 2019 18:04 hrs.

    Nacional › México › Ciudad de México

    Desastres

    EN LAS NUBES

    ’¡Ah! ¿Verdad?’,
    Se sorprende y pregunta don Octavio García, sobre el siniestro en Notre Dame, con una sentencia de Nostradamus:
    ’Uno de los símbolos de la cristiandad de España o Francia arderá en fuego purificador.
    Nuestra señora llorará por todos y brillaría en la lejanía.
    Con la entrada de la primavera una iglesia de todos los tiempos arderá por los pecadores’

    En tanto que otro poeta, don Carlos MacGregor, bardo campechano, escribió en recuerdo al profesor. Al que cumple a la niñez. No al disonante.

    ’Yo bendigo tu nombre de rodillas;
    y de pie en los dinteles de mi ocaso,
    venero con mis rimas
    la pálida blancura de tus canas
    como un plumón sagrado’.

    Maestro:
    Estoy en una edad en que se entiende
    fácilmente
    lo que vale tu verbo;
    y si escribo esta carta,
    es porque en mí se determina ahora
    tu figura indeleble,
    como una tinta china
    grabada sobre el lienzo
    carcomido del recuerdo.

    Eres uno, Maestro,
    y eres todos
    los que en mi vida fueron:
    desde aquel mozo joven
    que me enseñó la O por lo redondo
    en la escuela del pueblo,
    hasta aquel viejecillo catedrático,
    que me enseñaba el álgebra,
    triturando atrozmente
    mi cerebro.

    Mi memoria te tiene,
    como imagen precisa
    de aquello que jamás el tiempo borra,
    y que en nosotros queda,
    saturando las horas
    de un perfume esencial que se eterniza
    recorriendo nuestro cinco sentidos, lo mismo que si fueran una gran avenida.
    Maestro:
    mi letra es un enigma
    de esta noche,
    en que corre
    la tinta,
    - transcripción de la pluma -,
    sobre el blanco papel.

    Si en mis ojos quedara alguna lágrima,
    con ella borraría
    el mapa de esta epístola,
    que no es sino la carta de un camino
    al que nunca jamás he de volver.

    ¡Me parece que tengo
    en las manos
    los métodos
    de Campillo y Raymundo de Miguel,
    y que van la metáfora y la imagen
    cruzando mi cerebro igual que ayer!

    Góngora y Garcilaso
    que un día se perdieron en mí mismo,
    a través de tus frases
    me enseñaron
    el secreto sonoro
    donde palpita el ritmo.

    ¡Y me hiciste poeta!
    y como una gratitud a tu genio,
    que me enseñó la ciencia
    suprema
    de hacer versos,
    mi homenaje se extiende en estas líneas
    bajo el dictado de mis sentimientos.

    ¿En qué forma podría yo pagarte
    esta lírica joya
    que tu enseñanza buriló en mi mente,
    y que es la brújula que me marca el rumbo
    por donde van los seres
    y donde están las cosas?

    No ha existido ni existe
    el tesoro que logre ese prodigio:
    La tuya es una deuda que se incrusta
    a los días, los años y los siglos,
    y alguna ingratitud podrá olvidarla,
    pero saldarse, ¡nunca!

    Maestro:
    Te has quedado
    como símbolo único
    en la ruda aspereza de mis años…

    Y te miro y te siento con tu Inri y tu Cruz, siempre marcando, la ruta de los pasos infantiles,
    la marcha de las locas juventudes,
    y la gloria del hombre, con tu paso.

    Maestro:
    yo bendigo tu nombre
    de rodillas;
    y de pie en los dinteles de mi ocaso,
    venero con mis rimas
    la pálida blancura de tus canas
    como un plumón sagrado.

    craveloygalindo@gmail.com

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